lunes, 13 de noviembre de 2017

Votar es lo mismo que Botar





No es novedad que la política chilena (y del mundo) está desprestigiada a niveles abismantes. Existe una desafección tan profunda hacia la "cosa pública" que en cada elección son menos las personas que eligen a nuestros representantes (cerca de un 41% en la última elección presidencial), es decir ni la mitad de la población escoge a quienes deciden nuestro presente y futuro.

El derecho a voto, principalmente de las mujeres, y la recuperación de la democracia fue tan difícil y sangrienta que muchas personas no dimensionan la importancia de ejercer el "deber" de votar y no me refiero al "deber" como una imposición sino más bien como una convicción cívica, una forma de participar, realmente, en la toma de decisiones. 

En mi generación, al cumplir 18 años, íbamos voluntaria y alegremente a inscribirnos al Servicio Electoral para ejercer nuestro derecho a sufragio. Sin embargo, con los años, ese entusiasmo se fue aminorando cuando nos dimos cuenta de que la "clase política" (castas políticas) se enriquecían, legislaban de acuerdo a sus intereses y se coludían con el empresariado, desfavoreciendo a las personas que se sacan la cresta trabajando sin derechos básicos garantizados. Sin duda, hemos avanzado en varias materias pero hay muchas en la que el Estado está "al debe". No profundizaré en el tema estatal sino, más bien, en nuestro rol como ciudadanos activos.

La cuidadanía, conformada por cada uno de nosotros, ya no cree en el poder transformador que posee, conviertiéndose en una ameba del sistema. Nuestra pasividad, conformismo y apatía no contribuyen en nada a robustecer la democracia, es más, la debilitan dandóle el poder a unos pocos. "En el reino de los ciegos, el tuerto es el rey", dice un conocido refrán que grafíca claramente el síntoma de esta falta de compromiso con la "polis" (pueblo). Todos somos políticos por esencia, al pertenecer a la sociedad, y por ende es nuestra labor ser parte de ella activamente y decidir qué queremos o qué desechamos de plano.

En mi labor como funcionaria pública, hace 10 años, he trabajado con todo tipo de políticos (de un lado y del otro) y la conclusión que saqué, con esa experiencia, es que existe gente decente y gente indecente en todos lados, gente honorable y verdaderos parásitos del Estado. Una cosa es que pensemos diferente pero otra distinta es que no exista respeto alguno por la diferencia, entendiendo que cada persona carga con una biografía familiar arraigada en sus vicencias. Con los años aprendí que existen muchas cosas que nos separan pero muchas que nos unen.

Todo lo que sucede en nuestro país lo deciden los políticos, hasta el precio del pan. Sin embargo, existen claros ejemplos de movimientos ciudadanos que han logrado doblarle la mano los gobiernos y al propio congreso. Díganme si cuando las personas se unen y coordinan por un objetivo común, aunque cueste, se obtienen resultados absolutos o parciales (a veces nada pero se intentó); lo mismo pasa cuando vamos a votar y participamos activamente en la sociedad. No le echaré la culpa al voto voluntario, porque creo en las libertades personales, pero está en nuestra manos "botar" a quienes roban o hacen mal la pega (sean del partido que sean). 

Ese discurso de "mañana igual tenemos que trabajar" o "no estoy ni ahí con la política" no es más que el reflejo de la flojera y desafección con este país que trata de avanzar pero no cuenta con la acción de su gente, de la gente que es capaz de mejorar "la cosa pública" únicamente haciendo una raya este domingo en las urnas. 


Esto me llegó al Whatsapp y pucha que tiene razón:

Poto y voto son palabras distintas, que suenan parecidas y son similares: tanto el voto como el poto no deben entregarse a cualquiera, hay que entregarlo a quien lo merece realmente, quien se ha ganado nuestra confianza, nuestro cariño. El voto y el poto se deben cuidar, no entregarlo al más simpático, al más bonito, al más mino, o al que todos siguen. El voto y el poto no te lo pueden quitar, ni obligar a usarlo como tu no quieres, eres libre de usar tu poto y tu voto como quieras...por ultimo recuerda siempre que tu voto y tu poto pueden dejar la tremenda cagada!!!







viernes, 10 de noviembre de 2017

Destino recomendado: Colonia del Sacramento

 Calle de Los Suspiros

Después de dos días en Montevideo, y tras la insistencia de muchas personas, me dirigí al terminal de buses de Montevideo, Tres Cruces, para comprar los boletos de ida y vuelta a la ciudad de Colonia del Sacramento, un imperdible para muchos de mis amigos. (Mención honrosa al terminal de buses porque, realmente, me impresionó la calidad de sus instalaciones, la limpieza y comodidad, igualito a los de Chile).

Existen dos empresas de buses que viajan a Colonia y Punta del Este, COT y Copsa. La primera más cara que la segunda, pero cuenta con wi fi gratuito para los adictos a las redes sociales como yo, así decidí viajar en COT. Me senté en la ventana, porque siempre es positivo conocer las carreteras de los países que se visita ya que nos permite tener otra perspectiva de la ciudad y apreciar la ruta. 

Las carreteras de Uruguay, al igual que las chilenas, son concesionadas, más pequeñas y con un flujo de autos muy inferior. Lo verde intenso de su paisaje me hacían recordar mi querido sur, lleno de árboles y vegetación. 

Tras dos horas y media de viaje, llegué al pequeño terminal de Colonia y ahí, sola, no sabía que hacer, fui no más a mi suerte. Entro a la oficina de turismo para consultar donde se encontraba el casco histórico - patrimonio mundial de la UNESCO- y por obra de la causalidad (no creo en la casualidad) conocí a una pareja de chilenos que salían de allí  sin destino ni rumbo, igual que yo. Cuando escuché ese típico acento chileno, casi me dio un orgasmo, por fin veía a un chileno - no se que chucha pasa cuando voy al extranjero pero encontrarme con un chileno es lo máximo, quizá porque entienden cuando digo "weon" o "chucha" cada 5 segundos-.

Fue un encuentro mágico, hicimos migas al tiro y me colé con el violín en la mano. Fuimos a otra oficina de turismo para acoplarnos a un tour que salía a las 15.00 horas, pero como estabamos famélicos aprovechamos de comer en un boliche cercano. La conversa se puso tan buena que el tour se fue a las pailas. Comimos tranquilamente frente a la entrada al casco histórico y cruzamos la puerta de la ciudadela. 





Foto por aquí, foto por allá,  convencí a Gisella de hacerse un Instagram, jajaja, y empezamos a recorrer las callejuelas con adoquines y construcciones del siglo XVII gracias a la experticia en mapas de Rolando. El lugar, me pareció maravilloso, era transportarse en el tiempo mientras respirabamos la brisa del río y apreciábamos todo a nuestro paso. Llegamos al faro, pagamos cerca de $500 pesos chilenos, y subimos a la cúspide donde corría un viento de aquellos mientras la invasión de turistas brasileñas se despeinaban, jajaja. 








Recorrer el casco histórico no toma mucho tiempo porque es bastante pequeño, pero 100% recomendable de conocer. Ojo, porque hay mucho plátano oriental así que les advierto a los alérgicos para que descarten esta opción en primavera. La ciudad, tiene más onda que Montevideo, con muchos cafecitos y locales. 




Ruinas del convento San Francisco

Finalmente, recorrimos en taxi la costanera hasta la Plaza de Toros (cerrada por refacción), nos tomamos un par de fotos más en el letrero que dice Colonia (idéntico al de Montevideo) y regresamos al terminal de buses contentos con la experiencia vivida y con este encuentro "causal" de la vida. 

Viajar de Montevideo a Colonia del Sacramento cuesta cerca de $8.000 pesos chilenos solo de ida pero vale absolutamente la alegría, no la pena.

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